La Provenza de Cezánne y su devoción por las manzanas, en la Tate

Picasso lo consideraba su padre artístico, Monet decía que era el mejor, Pisarro era su amigo del alma, Émile Zola su padrino y Matisse, cuando dudaba de sí mismo y de lo que hacía tuviera sentido, miraba una obra de Paul Cézanne en busca de seguridad… Todo el mundo lo adoraba, excepto su padre -que habría preferido que hubiese sido abogado- y el establishment cultural parisino, que lo veía como un disidente y un rebelde que desafiaba sus principios inmutables.

La Tate Modern de Londres ha reunido ochenta cuadros y grabados, prestados por museos de Europa, Asia y América, para presentar la mayor exposición dedicada al maestro de Aix-en-Provence en Gran Bretaña en más de un cuarto de siglo, y romper muchos de los tabúes y clichés en torno a su figura, como su carácter poco sociable o su desinterés por la política.

Picasso, Matisse, Renoir, Pisarro, Monet y Henry Moore lo admiraban tanto que compraban sus obras

“Con una manzana revolucionaré París”, dijo el joven Cézanne cuando abandonó la vida provinciana del sur de Francia por el cosmopolitanismo capitalino de la metrópoli en los años sesenta del siglo XIX (en realidad siempre estuvo a caballo entre los dos mundos)”. ¡Y vaya que lo hizo! Un siglo más tarde, aunque para él ya fuera demasiado tarde, se le consideraba el inspirador del fauvismo, el cubismo, el expresionismo, algunas formas del arte abstracto…

La exposición de la Tate es un recorrido por las diversas etapas de su vida, de su carrera artística y las múltiples técnicas de composición, colores y formatos con los que experimentó, con ejemplos de sus retratos (prefería personas conocidas que modelos profesionales, hay cuarenta de su mujer y musa Marie-Hortense Fiquet), de los paisajes provenzales que le hacían sentirse en casa (el Mont Sainte Victoire, las calas de L’Éstaque…), los bodegones (con énfasis en manzanas y peras, y a veces un toque de jengibre), las imágenes de bañistas…

En 1870, establecido en París, se asoció con los impresionistas para distanciarse al poco tiempo de su círculo -sin perder las amistades- e ir por su propio camino, paralelo en cierto modo pero diferente. Era tan admirado por sus contemporáneos que Picasso, Matisse, Monet, Gauguin, Renoir y más tarde Henry Moore compraron cuadros suyos.

Uno de los objetivos de Natalia Sidlina, la comisaria de la muestra de la Tate, es desmontar la impresión de que el pintor pasaba olímpica de la política y de los movimientos sociales de su convulsa época (la guerra civil de los Estados Unidos, la invasión de Francia por Prusia, la Comuna de París…), con las luchas de poder más feroces que se habían visto desde la Revolución Francesa, en un país dividido entre monárquicos, republicanos, regionalistas e imperialistas, además de entre aristócratas, burgueses (como su familia) y obreros.

Cierto que no era un anarquista declarado como su amigo Camille Pisarro, pero sí subversivo a su manera, y se comprometió con la causa abolicionista, como muestra la imagen de Scipio (un modelo negro que representa un esclavo con marcas de latigazos en la espalda), prestada por el Museo de Sao Paulo. El escritor Émile Zola, amigo de la infancia, influyó notablemente en su manera de pensar.

Cézanne cultivó él mismo, con su manera de hablar y de vestir, una reputación de tipo solitario y rústico. Pero en realidad era una de las personas más cultivadas de su grupo e incluso de su generación, que hablaba latín, y lo hacía como una manera de distanciarse de unas formas parisinas que consideraba cursis, y reivindicar esas raíces provenzales que le acompañaron hasta el final.

La exposición está organizada de manera temática para mostrar su evolución. Empieza con un autorretrato suyo de los años treinta, en el que se presenta a sí mismo como lleno de confianza, un hombre maduro y sofisticado, escéptico ante los movimientos políticos y los cambios sociales de un mundo que está cambiando muy deprisa. La primera mitad explora su vida, relaciones personales y círculo creativo, mientras que la segunda agrupa sus obras por épocas, estilos y lugares, desde los tejados de París a las naturalezas muertas con dieciséis tonos de azul, y desde los bañistas picassianos a los paisajes de Aix-en-Provence. Siempre, eso sí, con una manzana a mano…